La sonrisa del presidente

El presidente López Obrador parece sentirse cómodo con los militares, por eso eligió el Cuartel Morelos y no otro lugar para su mensaje matutino. Los reporteros de la ciudad “marchamos” desde la noche para obtener el pase que nos diera derecho a hablar con el presidente.

Desde antes del amanecer decenas de periodistas nos alineamos para ingresar al cuartel, y luego toparnos dentro con la maquinaria de la prensa nacional ocupando gran parte del salón.

Por espacio de una hora esperamos al presidente, al mismo tiempo que éste sostenía una reunión de seguridad con el gobernador y el alcalde, así como los más altos representantes del Ejército y La Marina.

Salieron de su reunión con beneplácito. Un Andrés Manuel confiado subió al templete haciendo bromas sobre el arte de madrugar y sin reveses ordenó al secretario de Defensa y al de Seguridad anunciar que las fuerzas federales bajaron de cinco a cuatro el promedio de asesinatos diarios en Tijuana.

Los reporteros locales, que nos conocemos y sabemos lo que sucede en la ciudad, comenzamos a impacientarnos al darnos cuenta de que “los nacionales” tenían toda la voz.

Luego vino la pasarela de uniformes de la Guardia Nacional, las promesas de proyectos legislativos para la seguridad de la nueva era, la promesa de 150 mil guardianes para 2023, los brazos de la Ley en la Cuarta Transformación.

El presidente y las gráficas de resultados operativos hacían juego hasta que un reportero local fue muy claro cuestionando acerca de los migrantes y las promesas -hasta ahora pendientes- de bajar los impuestos.

Ahí empezaron los contrapuntos en su rostro. Con seriedad y reconstruyendo un discurso conocido, el político habló del orden y la Ley con los extranjeros, y también de Derechos Humanos. Vinieron pausas y murmullos de los presentes.

El gobernador y el alcalde derechistas gesticulaban poco, se notaban alertas, se miraban alineados. Esperando preguntas, midiendo riesgos, con estoicismos y alegría, según conveniencia.

Luego apareció el IVA y apareció la sonrisa. Se jactó de haberlo bajado, que eso lo diferenciaba de Peña y de Calderón, las pausas aumentaron, pero también el tono de voz.

Una reportera le puso cifras sobre la mesa: su supuesta baja en impuestos y su justicia fiscal no ha rendido frutos. La sonrisa tuvo un esplendor máximo: es que lo que importa es que hay voluntad, hay que esperar, no como esos líderes empresariales que se quejan cuando “deberían estar aplaudiendo”.

La confianza se tornó en ironía defensiva. Pero no perdió el control. Un intento más: le preguntaron sobre la deuda que el gobierno de Peña dejó con Baja California, provocando una crisis financiera que acabó siendo política. Dijo que no sabía pero que si la debe la paga y el gobernador aplaudió con euforia, festejando lo que cree la solución de sus problemas. El poder amalgamado.

“No nos vamos a pelear”, dijo cuando le pidieron su opinión sobre los negocios del gobernador, los millones de pesos para desalar agua de mar, o la aprobación de una polémica cervecera en Mexicali fueron palomeados por el comandante supremo de las fuerzas armadas en cosa de unas cuantas frases. La política mexicana pareció por momentos una nube homogénea en los que todos los objetivos del gobernador de derecha eran posibles en voz de un presidente liberal.

Fue más allá: dijo que no caería en provocaciones, y que nada iba a lograr que se confrontara con el gobernador. Se despidió con una irónica seña de abrazo y la sonrisa del presidente figuró esta vez de manera particular.

Se retiró del salón con un ademán de reconciliación, mientras que los soldados bloqueaban la salida para que los periodistas no pudieran seguir al comandante.

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